
Allí, al final del callejón, los oí suplicar. Y también los vi. Rodeados por una turba formada por hombres de bien. ¿Justos? Más bien, ¿pobres pecadores? De repente, un tipo de mediana estatura, maduro, imberbe, con canas, gesticulando como un adolescente pajillero, nervioso, dio un paso adelante. La muchedumbre se quedó inmóvil ante lo que habían estado esperando hacía ya demasiado tiempo. El tipo de mediana estatura, maduro, imberbe, con canas, dejó de gesticular torpe y caprichosamente, y lanzó un grito desgarrado al cielo. Todos, a coro, lo acompañaron. Gritos graves, gritos agudos, unos que se apagaban de repente, otros como susurros, algunos desesperados, otro con voz de barítono, un par de tenores... y así, todo culminó como una épica escenificación de una tragedia clásica. Pensé. a) La banda sonora de gritos descompasados, afinados, desafinados, bélicos, patéticos, esforzados, frustrados, sucios, todas las clases de los gritos más descarnados. b) Dos sujetos tirados en el suelo, encorvados, con las manos protegiendo sus cabezas, silenciosos, culpables o inocentes, jóvenes o viejos. c) Patadas, puñetazos. Gritos en mitad de la noche cerrada. ¿Justicieros? Más mal, ¿delincuentes escondidos en mitad de una noche cerrada? Pensé. De nuevo, y otra vez. Volvamos al principio... Allí, al final del callejón, los oí suplicar...